sábado, 25 de agosto de 2007

La Niebla de la Guerra

Marco mira hacia el tablero de instrumentos. Su esposa e hijos lo observan desde una foto. papá regresa, parecen decir. El ronroneo del motor mantiene la enorme hélice girando con cansada cadencia y su cuerpo meciéndose al ritmo de la máquina. Solo una delgada cúpula de plexiglass lo separa del viento que a doscientos kilómetros por hora corta la distancia. Abajo, Raúl Vera permanece pensativo. Lo sabe por que no lo ha escuchado desde hace rato por el interfono. Atrás Eric Días, intenta mantenerse ocupado preparando la ametralladora y revisando los sistemas. Hace pocos minutos estuvo en Ciro Alegría, en la sala de planeamiento, en aquellas dudas que asaltan antes de la misión, del nerviosismo y de la silenciosa despedida que me brindó antes de subir a su helicóptero de combate. Marco Schenone ya estaba muy lejos de eso. Ahora se concentraba en la misión. El ejército necesitaba del apoyo aéreo. En la privilegiada posición de Coangos, el ejército ecuatoriano dominaba las desde las alturas a Base Sur y Tiwinza, toponimia falsamente acuñada por un sistema propagandístico finamente diseñado y que creaba confusión en la opinión pública. La artillería ecuatoriana cobraba su cuota a los soldados peruanos que ya empezaban a hacer retroceder al invasor. La victoria no sería fácil. La victoria no sería reconocida. Pero eso no importaba. Marco Schenone era ajeno a las mezquindades de la política. Era un piloto militar. Raza de combatientes del aire, de la Fuerza Aérea del Perú. Un hombre valiente que junto con los pilotos más experimentados del helicóptero MI-25 aceptaron volar en esta difícil misión dejando en tierra a los pilotos más jóvenes. La efectividad de la artillería antiaérea del Ecuador ya se había puesto de manifiesto al derribar a otro helicóptero el día 29 de enero. Pude verlo personalmente. El Capitán del ejército Luis “McGiver” García fue alcanzado por un misil antiaéreo ecuatoriano. Adelante nuestro. Casi podíamos tocarlo. La bola de fuego de su MI-17 arrastraba una estela de humo que se hacía más y más densa. Era como una niebla que crecía negra. Era la niebla de la guerra. Aquella que oculta la verdad de la ficción, a los verdaderos héroes, a la victoria final. Esa niebla aún no se ha despejado. No hemos aún intentado siquiera atravesarla. Nos ha inmovilizado el temor a saber que hay tras ella. Nos ha envuelto en la cómoda displicencia del olvido, de la indiferencia.

Aquellos valientes que combatieron y murieron en el Alto Cenepa no olvidan. Han pasado casi once años y sus espectros regresan siempre, atormentando mis días con su indignación. Me hablan con aquel grito shakesperiano del rey Enrique V antes de la batalla de Agincourt ¡somos tus hermanos de armas y queremos que se nos recuerde con honor! Que se recuerde también a todos los soldados, técnicos, oficiales y generales, que dieron lo mejor de sí. De aquellos que al Perú le llaman Patria y a ella le sirven. Que aunque sus fusiles no disparen, van a defenderla; aunque sus buques son anticuados, acuden a defenderla; aunque sus aviones sean viejos, vuelan a defenderla. La defienden por amor, por su bandera, la misma por la que murió Grau, Bolognesi, Ugarte, Quiñones. Aquellos que jamás piensan que el saludo a la bandera sea algo fútil y aquellos que aún creen en el honor.

En uno de mis retornos a Lima, en medio del fragor de la batalla, alguien me preguntó, ¿Quien va ganado? Era el perfecto reflejo de la superficialidad de una sociedad que en muchos casos permaneció indiferente ante el peligro de la Nación. Estuvieron indiferentes ante la amenaza terrorista hasta que les tocó la puerta – mejor dicho, se las hizo reventar - Así fue 116 años antes, durante la Guerra del Pacífico y así lo fue después. Otros dirían que nos van ganando siete a cero, parafraseando a un mandatario hostil. Pero la voluntad del guerrero peruano superó las adversidades y estuvo a la altura de la responsabilidad que la patria le demandaba.

Fui testigo de éstos hechos. Allí estuve junto a los soldados, a los marinos y a los aviadores. Los vi frustrarse por el lamentable estado de sus equipos y sin embargo, salir airosos ante la difícil prueba. Lo hicieron con sacrificio, con inteligencia, con ingenio y con valor. Lamentando que el día solo tuviera veinticuatro horas, porque necesitaban todo el tiempo disponible para poder remendar sus viejas armas. Aceptaron el reto y lograron la victoria. Lograron arrojar al invasor de sus posiciones, lo hicieron retroceder, lo hicieron sentarse a negociar y capitular a sus alocados deseos. Ahora pregunto ¿es eso una derrota?

Schenone, Maldonado, Caballero, Vera, Phillips, Alegre, Días, García y todos aquellos que cayeron luchando por el Perú, no fueron a morir. Deseaban luchar y vencer. La muerte es una mala consecuencia de la lucha y ellos tuvieron que cargar con el grave peso de esa consecuencia, que los ha elevado a la altura de los grandes peruanos y a quienes agradecemos eternamente.

Marco Schenone y su tripulación seguirán volando hasta que se escriba su epílogo. Su historia y su epitafio lo escribieron ellos mismo con su valor y entrega. Solo falta guiarlos a los cielos despejados de la historia. Fuera de la niebla de la guerra que los ha envuelto injustamente desde hace mucho tiempo. Su heroísmo debe ser reconocido por todos los peruanos. Posiblemente, cuando aquello ocurra, sus espíritus dejarán de visitar mi memoria y podré dormir con la paz del deber cumplido.

¿Caridad con dinero ajeno? Así cualquiera...

La caridad consiste en ayudar al prójimo. No significa entregar lo que nos sobra, es el desprendimiento desinteresado de lo mucho o poco que poseemos, pero que alguien más necesita con urgencia. Un enorme número de peruanos y empresas así lo ha entendido. Espero que exista una estadística para poder medir la solidaridad demostrada los últimos días.

Al día siguiente de la tragedia, dos empresas aéreas pusieron sus aviones al servicio del necesario puente aéreo. En el caso de Aerocondor, apoyó con el 100% del costo de dichos vuelos que aún continúan. Empresas de venta por departamento donaron todas sus existencias de carpas y toldos (que por la temporada eran pocas por desgracia), las embotelladoras han donado agua y otros líquidos, confeccionistas ropa, frazadas, etc.

Pero el mas conmovedor apoyo ha sido el de los peruanos “comunes y corrientes”, “los ciudadanos a pié”, es decir la mayoría de nosotros. El público compró conservas y agua embotellada en cantidad tal, que acabaron con las existencias de muchas comercios. Las colas que se formaron en la puerta del estadio nacional, en INDECI, parroquias, iglesias de diversas denominaciones y en los locales de los medios de comunicación fueron inmensas.

Hechos aislados y negativos tampoco se dejaron esperar, tal como el caso de la funcionaria de defensa civil de la Victoria que está en investigación, pero que no constituye una generalidad.

La generalidad ha sido la proliferación de puntos de acopio. Muchos comercios, empresas y hasta bancos comerciales han organizado la recolección de la ayuda. Al día siguiente, bancos comerciales abrieron cuentas para recabar donativos; ferreterías y tiendas que aceptan los “vueltos” como donación y otros comercios que han adoptado medidas similares.

No dudo de la honestidad de sus intenciones y el sincero deseo de ayuda.
¿Pero cual es el verdadero espíritu de aquellas acciones? ¿No es seguirle pidiendo colaboración a quienes ya han colaborado prontamente?. Llegar a una caja y tener al frente una cajera que pregunta: “desea donar su vuelto para los damnificados”. Al ciudadano que no le sobran los recursos ¿Animarlo a dar su vuelto podría ser una incomodidad, un motivo de vergüenza y hasta un chantaje, si es que ya ayudó y donó lo que no le sobra?

Para aquellas empresas que comercian con productos necesarios para los damnificado de un desastre tal como el agua y las conservas, ¿No habría sido mejor que disminuyan los precios de esos productos, por un periodo de tiempo prudente, disminuyendo sus utilidades, para que los ciudadanos puedan adquirirlas en mayor cantidad y donarlas?

Se puede pensar maliciosamente y afirmar que las personas las comprarían para su propio beneficio aprovechando el bajo precio, pero en realidad las han comprado al precio normal para donarlas (el agua de las embotelladoras no cuesta casi nada, solo el envase y los gastos operativos).

De la misma forma podríamos poner en duda las verdaderas intenciones de aquellas empresas, que con extensiva publicidad pretenden canalizar la ayuda de los ciudadanos, y de paso crear su imagen de solidarios y socialmente sensibles. Simplemente asaltar una duda con otra, las dos caras de la medalla.

Espero que exista una estadística, una lista de las empresas y personas que han demostrado un verdadero desprendimiento –cientos de ellas lo están haciendo sin publicidad, sin entrevistas, sin gerentes desesperados por aparecer en la televisión- A ellos se les debe reconocer después, en nombre de los damnificados y un gobierno, que hasta ahora no indica lo que está adquiriendo para ayudar a los que sufren.