martes, 8 de agosto de 2006

LAS VIRTUDES CARDINALES DE LA POLÍTICA


Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Resulta una perogrullada afirmar que esto es cierto, pero a veces es necesario recordarlo. La esperanza es la confianza de que se realice lo que se desea .[1] Además y según la Iglesia, la esperanza es una de las tres virtudes teologales.[2]

Existen momentos en que la esperanza es especialmente útil. Observemos el momento histórico que vivimos. Somos ciudadanos de una nación cuyo estado es quien más nos explota. Nos hace pagar altas tasas por los malos servicios que presta. Impone absurdas trabas burocráticas para la obtención de propiedad u organización empresarial. Emplea la mayor parte de los recursos recaudados de nuestro pago de impuestos en gastos corrientes y no en obras de inversión, o sea damos de comer a miles de empleados públicos que en su mayoría sobran. Y aquellos que piensan que lo pueden evadir, lo pagarán a través del IGV, el impuesto a los combustibles y la ocasional cervecita que se tomen. Finalmente, todos alimentamos al enorme elefante de la administración pública que poco hace por servirnos con amabilidad y eficiencia. Cambiar esto tiene un nombre “Reforma del Estado”. La frase ha sido moldeada, discutida, escrita, paladeada, saboreada y escupida por la boca de cientos de políticos y analistas de todos los colores e ideas. Se ha convertido en otro emblema de nuestra proverbial habilidad demagógica y casi la inexistente capacidad de gestión pública; por que para hablar y, hablar y no hacer nada, los peruanos somos especialistas.

Como persona de fe, la esperanza tiene una dimensión más profunda. La Iglesia nos enseña que la fe consiste en avanzar con esperanza hacia el encuentro con Dios. Tenemos confianza en la promesa de Cristo, en la vida eterna. En eso consiste la fe, otra de las virtudes teologales.
¿Como podemos alimentar esta fe y esperanza de que las cosas sucedan tal como confiamos?
En el caso del Jefe de Estado, ha pedido al pueblo peruano (ojo, que somos todos los peruanos y no solo los mas pobres) que cumpla con sus responsabilidades.

“La transformación comienza por un examen de conciencia dentro de cada uno para ver si cumple lo que debe, para ver si tiene conciencia de su deber, porque nos hemos acostumbrado a echarle la culpa de todo a los demás sin reconocer que gran parte de la culpa también es nuestra. Nos hemos acostumbrado a hablar de derechos y a exigir más derechos pero olvidamos las obligaciones y el deber.”[3]

Debemos admitir que estas palabras son razonables y que es la primera vez que un Presidente de la República de la era contemporánea, hace hincapié en una aspecto tan fundamental. La responsabilidad personal, el sentido del deber de los ciudadanos. Curiosamente esto se apoya en nuestra tercera virtud teologal: la caridad.

La caridad es el amor a Dios y a los hombres. La caridad es la entrega por el prójimo, en esencia el respeto por los demás. La responsabilidad. Si no cumplo las reglas de tránsito pongo el peligro las vidas de los demás, no soy responsable ni caritativo. Si no le pago un salario adecuado o dejo de cumplir con mis deudas, entonces no soy responsable, no soy caritativo. Si evado los impuestos, me alejo de la caridad. Si hablo mal de mi prójimo, pierdo el amor y por ende, la caridad.

El flamante presidente ha ofrecido, en pocas palabras, reformar al estado. Tengo la esperanza de que cumpla con su ofrecimiento, entonces por caridad, le daré el beneficio de la duda. Como cristiano, debo asumir mi responsabilidad y luchar por ello. La mejor manera es dando el ejemplo, evitando la promesa vacía y el comentario hipócrita. Siendo un ejemplo de coherencia en un mundo que se esconde tras las máscaras de las apariencias.

Tengo la esperanza de que el Perú puede y debe cambiar.
¿podremos hacerlo?
Solo el tiempo lo dirá.



[1] Diccionario enciclopédico Larousse edic. 1999
[2] Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y caridad. Catecismo Básico de la Iglesia Católica.
[3] Discurso del Presidente Alan García Pérez el día 28 de Julio del 2006 durante la ceremonia de cambio de mando en el Congreso de la República.